Seleccionar Página

HISTORIA DE UNA REVELACIÓN 

Santo Tomás de Equino pertenece a una colección iconoclasta de santos inexistentes. Es el patrono de los apostadores que han descubierto que toda certeza exige, primero, una apuesta. Cuenta la leyenda que Tomás no siempre fue santo, sino un jugador empedernido. En su juventud recorría hipódromos, timbas de pueblo y carreras clandestinas. Pero a diferencia de otros apostadores, Tomás no buscaba simplemente ganar: buscaba una señal. Decía que la fe no consistía en esperar el milagro, sino en animarse a apostar lo que nos queda cuando todo parece perdido. Su conversión ocurrió una tarde de lluvia, frente a una yegua en la que nadie creía, llamada Revelación. Nadie apostaba por ella, pero Tomás vio en ese animal una enseñanza: aunque la Revelación pueda tener una mala estadística, es necesario seguir apostando por ella. El caballo no ganó, pero llegó último con tanta dignidad que Tomás entendió el misterio: la fe no siempre paga. Desde entonces, Santo Tomás de Equino empezó a predicar entre jugadores, deudores, y soñadores. Su doctrina era simple: primero se cree, después se ve; primero se arriesga, después se gana. A los que pedían garantías, les respondía que una fe asegurada contra todo riesgo no era fe. Se lo representa con túnica, mirada iluminada, boleto en mano y un caballo sagrado detrás, como si estuviera a punto de revelar una fija que no pertenece a este mundo. Sus devotos lo invocan antes de jugarse la última ficha. Su santidad es contradictoria, y profundamente popular.

Apostá por la Fe